Ansiedad no patológica. biología o aprendizaje relacional
Podemos decir que prácticamente el 100% de la población experimenta ansiedad en un momento u otro de la vida. Estaríamos hablando del malestar emocional que aparece frente a una entrevista de trabajo, una discusión importante, una enfermedad, un evento vital estresante, una mudanza, un cambio de trabajo,… Se trata de una experiencia humana universal y adaptativa, necesaria para enfrentar desafíos, que no constituye necesariamente un problema psicopatológico.
Para algunas personas, estas sensaciones ocurren más frecuentemente o tienen mayor impacto. Es entonces cuando generan mayores dificultades. Entre el 15 y el 20 % de la población puede presentar síntomas ansiosos significativos, sin que, aun así, lleguen a constituir un trastorno formal. Solo entre el 6% y el 7 % de la población sufre algún trastorno de ansiedad que cumple los criterios diagnósticos.
Pese a ello, entre un 10 y un 12 % de la población está medicada en algún momento del año con ansiolíticos, y podría alcanzar la cifra del 22 % si sumamos todos los psicotrópicos. La Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios y el Sistema Nacional de Salud señalan que el consumo de ansiolíticos e hipnóticos en nuestro país es extremadamente elevado de forma crónica, por lo que deberíamos replantearnos que abordaje estamos dando a estos problemas.
¿Se trata de un problema clínico? ¿Es el reflejo de nuestro aprendizaje relacional? ¿Tienen que ver con lo humano y existencial? ¿Requiere siempre un tratamiento farmacológico? ¿Aspectos del estilo de vida, como la dieta o la actividad física, pueden influir en él? ¿Puede el trabajo psicologico con nuestras creencias, experiencias, emociones y sensaciones cambiar nuestro cerebro?…
Encontrar respuestas a las preguntas anteriores, nos servirá para diseñar un buen procedimiento de trabajo que ayude al bienestar emocional y a una capacidad para sostener o resolver aquellos dificultades o retos que nos presente la vida.
En los últimos 60 años, con el progreso de las neurociencias y la industria farmacéutica, se ha popularizado la visión de la ansiedad como patología con base en un desequilibrio químico. Empieza a hablarse de un fallo en el funcionamiento de la biología cerebral.
Es cierto que la investigación en neurociencia ha profundizado descubriendo la relación existente entre bioquímica cerebral y estado de ánimo, pero nos encontramos con problemas cuando pretendemos reducir los casos de ansiedad a un mero «problema de salud» similar a una diabetes.
Las simplificaciones pueden ser buenas, pero también, peligrosas. En este caso, lo son. Nos hacen olvidar que esta inquietud supone, además de desequilibrios biológicos, una experiencia humana profundamente significativa que no podemos desligar ni de nuestro aprendizaje, ni de nuestros recursos emocionales.
Comprender que aspectos están detrás es necesario para poder abordarla de manera multidimensional. Poder elegir para cada una de sus facetas, los profesionales más indicados que ayuden a encontrar soluciones que vayan a la raíz del problema.
¿Qué es realmente la ansiedad?
Cuando hablamos de ansiedad, estamos hablando de una experiencia que, bajo determinadas circunstancias de intensidad o de perturbación de la vida diaria, puede llegar a constituir lo que en el ámbito de la salud se llama un trastorno psicopatológico. Este síntoma es común a diferentes trastornos englobados en el paraguas de los desordenes de ansiedad (trastorno de ansiedad social, agorafobia, pánico, ansiedad generalizada, inducida por sustancias, por otra condición médica,…).
La definición formal de los mismos se realiza utilizando el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM-5-TR). Este manual funciona como un modelo categorial y descriptivo cuyo objetivo es proporcionar criterios claros y consistentes para que los profesionales de distintos campos puedan identificar, clasificar y comunicar acerca de un conjunto de síntomas.
Se centra en el “qué” ocurre más que en el «por qué” o el “para qué”. Prioriza por tanto la fenomenología observable frente a la etiología o las causas profundas que iremos explorando.
Características nucleares de los desordenes de ansiedad
Toda la psicopatología asociada a la ansiedad comparte un núcleo común de características:
- Ansiedad excesiva y persistente: Las personas presentan una preocupación o miedo desproporcionado en intensidad, duración o frecuencia respecto a la situación real o al riesgo anticipado. Se trata de una intranquilidad que a la persona le es muy difícil de manejar.
- Aprehensión orientada al futuro: Su mente se proyecta hacia un futuro catastrófico, surgiendo un estado de alerta debido a la amenaza percibida real o imaginaría.
- Respuesta psicofisiológica: La ansiedad es más que un pensamiento, manifestándose en el cuerpo con síntomas como:
- Inquietud o sensación de estar atrapado o al límite.
- Fatiga.
- Dificultad para concentrarse.
- Irritabilidad.
- Aumento del tono muscular
- Temblores
- Tensión muscular.
- Aumento de la frecuencia cardiaca (taquicardia)
- Elevación de la presión arterial.
- Aumento de la frecuencia respiratoria
- Sudoración fría
- Piel de gallina
- Inhibición de la digestión
- Liberación de glucosa y ácidos grasos
- Boca seca
- Sensación de nudo en el estómago o náuseas
- Alteraciones del sueño como dificultad para conciliar o mantener el sueño, sueño inquieto,…

Estructura diagnóstica típica
Estas características no son suficientes para para presentar un trastorno psicopatológico. Para cada trastorno, el DSM establece una lista de síntomas necesarios (por ejemplo, 6 meses de ansiedad y preocupación excesiva sobre diversos eventos, asociada al menos 3 de los síntomas físicos mencionados).
El diagnóstico requiere que:
- Los síntomas causen malestar clínicamente significativo o deterioro en áreas sociales, laborales u otras importantes del funcionamiento.
- No se atribuyan mejor a los efectos fisiológicos de una sustancia (droga, medicamento) o a otra condición médica.
- No se expliquen mejor por la presencia de otro trastorno mental.
Limitaciones y perspectiva crítica
Como podemos observar, el DSM etiqueta y, en todo caso, ayuda a describir, pero no explica. Decir que alguien cumple X criterios del Trastorno de Ansiedad Generalizada nos dice cómo manifiesta su sufrimiento, pero no nos dice por qué esa persona, con su historia única, ha desarrollado ese patrón.
Al centrarse en los síntomas individuales, existe el riesgo de extraer la ansiedad del contexto vital, relacional y biográfico de la persona, que es precisamente donde adquiere su significado.
A pesar de estas limitaciones, el DSM cumple funciones importantes: proporciona un lenguaje común para la investigación, la comunicación entre profesionales en ámbitos clínicos y forenses y la planificación de tratamientos para conjuntos específicos de síntomas. También es fundamental para acceder a ciertos recursos o coberturas sanitarias.
Sin embargo, para los clientes, aunque algunas veces es necesario, no siempre es positivo contar con una etiqueta. Muchos profesionales se niegan a darla conociendo la iatrogenia a la que pueden exponer a sus pacientes. No conocer suficientemente el manual y no aplicarlo con corrección, puede generar rechazo del diagnóstico o justificación de los síntomas.
En el primer caso, puede que el cliente no quiera aceptar la realidad fundamental de su problema, dificultando el tratamiento medico necesario para su patología. En el segundo, la persona puede justificar sus síntomas, complicando el tratamiento psicológico que ayudaría a su recuperación.
A efectos de la psicoterapia, necesitamos rescatar el significado de los síntomas. Adentramos en la biografía, en las capas de experiencias, aprendizajes, creencias y relaciones que, a lo largo del tiempo, han ido condicionando la actual forma de percibir, sentir y actuar.
Llegar a conocer en profundidad el funcionamiento de la persona. Lo que le ha ayudado a llegar hasta aquí, aunque ahora le esté pasando una factura que es difícil de pagar.
Un buen enfoque psicológico aborda esta exploración de la profundidad desde la cual ir diseñando trabajos que creen seguridad y apoyo interno, reabriendo caminos de respuesta sana a los retos presentes y conectando con la sabiduría interna para favorecer la independencia personal.
Recorrido histórico de la ansiedad
La ansiedad, como experiencia humana, ha existido siempre, pero la forma en que la hemos conceptualizado, nombrado y tratado, ha cambiado radicalmente a lo largo de los siglos, reflejando las creencias filosóficas, religiosas y científicas de las diferentes épocas.
En la antigüedad y el Mundo Clásico se centran en los humores y el desorden del alma.
En la Grecia antigua, Hipócrates y Galeno no hablaban de «ansiedad», sino de melancolía (atrabilis o bilis negra). Un exceso de este humor se asociaba a un temperamento temeroso, triste y aprensivo. Era un desequilibrio físico-humoral, con implicaciones en el carácter.
También la ansiedad se trataba desde la filosofía. Los estoicos y los epicúreos abordaban lo que hoy llamaríamos ansiedad existencial, proponiendo prácticas de autodominio y búsqueda de la ataraxia (ausencia de turbación) como antídoto contra las preocupaciones del mundo.
En la Edad Media y el Renacimiento cambia el discurso y empieza a hablarse de posesión, pecado y constituciones.
En esta época prevalece una visión teológica y moral. La angustia excesiva podía ser signo de posesión demoníaca, debilidad espiritual o pecado de acedía (una pereza/desgano del alma que alejaba de Dios). Acorde a esta visión, el tratamiento era espiritual recomendando la oración, la confesión o incluso el exorcismo.
Paralelamente, persistían teorías galénicas sobre los temperamentos, interpretándose la propensión al miedo como parte de la constitución natural de algunas personas.
En los siglos XVIII y XIX comienza el estudio de los nervios y la psiquiatría incipiente.
Con la Ilustración y el avance de la anatomía, el foco se desplazó al sistema nervioso. Nace el término «neurosis» (William Cullen, 1769) para denotar enfermedades de los nervios sin lesión orgánica aparente. Empiezan a conceptualizar la ansiedad como «neurosis».

El trabajo de Freud, a finales del XIX y principios del XX, revoluciona el campo de lo psicológico. En «La neurosis de angustia» (1895), distingue entre ansiedad realista que aparece frente a un peligro externo y ansiedad neurótica, señal de un conflicto interno inconsciente. Aquí, la ansiedad deja de ser solo un síntoma para convertirse en una señal crucial del psiquismo. Un mensaje de que algo reprimido pugna por emerger con origen en la historia y la dinámica psicológica del individuo.
En el siglo XX comienza una importante bifurcación. Por un lado el psicoanálisis, por otro, las corrientes conductistas y biologicistas.
En su primera mitad, predomina el modelo psicodinámico freudiano y sus derivados (junguiano, etc.). La ansiedad es el corazón de la neurosis, y el tratamiento recomendado para la misma es la psicoterapia exploratoria para hacer consciente lo inconsciente.
En la segunda mitad, especialmente a partir de los 60-70 se inicia la revolución conductista-cognitiva con figuras como Wolpe, que desarrollo la desensibilización sistemática, y Beck y su Terapia Cognitiva. Estos abordajes psicológicos reorientan el foco. Empiezan a considerar la ansiedad como un aprendizaje desadaptativo al que llaman condicionamiento donde aparece un error del procesamiento cognitivo en el que predominan los pensamientos catastróficos.
El tratamiento se vuelve directivo, breve y centrado en síntomas y pensamientos actuales.
Paralelamente surge entre los años 40 y 60 una revolución psicofarmacológica. El descubrimiento de las benzodiacepinas (Valium, Librium) en los 60 y de los Inhibidores Selectivos de la Recaptación de la Serotonina ISRS (Prozac, etc.) en los 80, medicaliza masivamente la ansiedad.
En esa época se populariza la teoría del «desequilibrio químico» (serotonina, GABA), un modelo puramente biologicista que domina el discurso público.
En 1980, el DSM-III consagra este cambio. Abandona la etiología freudiana y adopta un modelo descriptivo y ateórico, empezando a describir los trastornos por sus síntomas observables.
La ansiedad, entonces, se fragmenta en diagnósticos específicos (Trastorno de Pánico, TAG, etc.). Es un enfoque muy útil para la investigación, pero que descontextualiza la experiencia.
En el siglo XXI es cuando empieza a darse la integración con la aparición de nuevos paradigmas.
Hoy estamos en una fase de síntesis crítica.
La neurociencia afectiva confirma las bases biológicas (amígdala, corteza prefrontal), pero muestra que nuestro cerebro es plástico. La experiencia, el pensamiento y la el trabajo psicológico cambian la estructura y función cerebral, lo que validaría la psicoterapia como una especie de neurocirugía experiencial.
A la vez empiezan a aparecer modelos integradores biopsicosociales. Empieza a reconocerse la interacción constante entre vulnerabilidad genética (diátesis), eventos vitales estresantes (estrés) y factores psicológicos (cogniciones, apego, narrativa personal).
Surgen enfoques llamados de Tercera Generación. Terapias como ACT (Terapia de Aceptación y Compromiso) o Mindfulness cambian el foco. No se trata solo de reducir la ansiedad, sino de cambiar la relación con ella, aceptar la incomodidad y vivir según los valores propios. La ansiedad es un evento mental más, no el núcleo de la identidad.
En el contexto actual surge una importante crítica a la vez que se amplifica la conciencia contextual. Aparece una reacción contra la sobremédicalización y el reduccionismo biológico. Se recupera la idea de que la ansiedad puede ser una respuesta comprensible a un mundo incierto, acelerado y con falta de vínculos sólidos (modelo sociocultural) no simplemente a una deficiencia de neurotransmisores cerebrales, consecuencia de una patología médica.
En este contexto se presta cada vez mayor atención a factores como experiencias biográficas y determinantes sociales que son la base de las emociones limitantes, y dificultades en el apego, la autoestima y la asertividad.
Como podemos observar, la visión actual es plural e integradora. Valora la dimensión biológica sin reducir a la persona a pura biología determinista. Se pueden explorar las profundidades del significado personal sin despreciar las herramientas que alivian el sufrimiento inmediato.
Entender esta historia nos libera de narrativas únicas y nos permite abordar nuestra inquietud (o la de quienes nos rodean) con compasión, curiosidad y herramientas diversas. Ya no es siempre un trastorno. Es el reflejo de una manera de estar en el mundo.

El sustrato biológico de la inquietud
La ansiedad surge siempre de la interrelación entre mente y cuerpo. Comprender sus bases nos permite tener una visión multidimensional y profunda que mejora nuestra manera de enfrentarnos a ella.
1. Los mensajeros químicos: neurotransmisores clave
Nuestro cerebro es una compleja interrrelación química donde varios neurotransmisores juegan papeles cruciales. Veamos los principales de ellos:
- GABA (Ácido gamma-aminobutírico): Es el principal neurotransmisor inhibitorio del cerebro. Actúa como un freno natural, calmando la actividad neuronal excesiva. Una función GABAérgica baja o una sensibilidad reducida de sus receptores está fuertemente asociada con un estado de hiperactivación nerviosa y dificultad para «desconectar” las señales de alerta. Las benzodiacepinas (ansiolíticos clásicos) actúan potenciando el efecto del GABA. También lo hacen enfoques de la medicina metabólica con cambios nutricionales como la dieta cetogénica según las ultimas investigaciones.
- Serotonina: Es un modulador maestro del estado de ánimo, el sueño, el apetito, la tolerancia a la incertidumbre y la regulación emocional. Bajos niveles o una mala utilización de la serotonina se vinculan a una rumiación excesiva, preocupación constante y una percepción amplificada de la amenaza. Los antidepresivos ISRS/IRSN aumentan su disponibilidad en las sinapsis.
- Noradrenalina (Norepinefrina): Es el neurotransmisor de la alerta y la movilización. Liberada masivamente desde el locus coeruleus en el tronco cerebral, prepara al cuerpo para la acción (aumenta el ritmo cardíaco, la presión arterial, agudiza los sentidos). En la ansiedad, este sistema puede estar hiperactivo o mal regulado, disparándose ante estímulos no realmente peligrosos.
- Cortisol: Aunque es una hormona, no un neurotransmisor, es la pieza final del eje Hipotálamo-Pituitaria-Adrenal (HPA), nuestro principal sistema de respuesta al estrés. En ansiedad crónica, este eje puede permanecer activado de forma sostenida (cortisol alto crónico) o, paradójicamente, agotarse y mostrar una respuesta disfuncional.
2. El equilibrio del Sistema Nervioso Autónomo: Simpático vs. Parasimpático
La experiencia física de la ansiedad es, en esencia, la excesiva activación del Sistema Nervioso Simpático (SNS) y la dificultad para activar el Sistema Nervioso Parasimpático (SNP), específicamente la rama ventral vagal que gestiona la calma y la conexión social.
Podemos llamar al Sistema Nervioso Simpático (SNS) acelerador, sistema de alerta, sistema de amenaza,… Se activa frente a los peligros percibidos, ya sean reales o imaginarios, preparando al cuerpo para la lucha o la huída. Sus efectos son: aceleración cardiaca, sudoración, respiración rápida y superficial, tensión muscular, dilatación pupilar.
Para contrarrestar su efecto, tenemos el Sistema Nervioso Parasimpático (SNP). Podemos llamarlo freno, sistema nervioso de calma, de seguridad, de relajación,… Es el que se activa cuando el peligro ha pasado para devolver al cuerpo a la homeostasis, promoviendo la respuesta de descanso y digestión. Es fundamental para que muchos otros sistemas funcionen bien como el cardiovascular, el inmune, el reproductor,…
Cuando existe ansiedad crónica, aparece un desequilibrio o una pobre regulación entre ambos sistemas. El «acelerador» (SNS) está demasiado activado, pero el «freno» (SNP) es defectuoso o no se aplica a tiempo. Trabajos de respiración, de conciencia corporal o distintas herramientas para el reprocesamiento de experiencias y creencias limitantes a través de la estimulación bilateral o psicología energética son una gran ayuda para para que el cuerpo pueda restablecer el equilibrio necesario entre ambos sistemas.
3. Otras causas biológicas que pueden simular o agravar la ansiedad
El conocimiento profundo y multidimensional de la experiencia humana es básico para abordar los problemas de los clientes de la mejor manera. En la práctica, muchas veces se descarta, sin haber hecho una valoración adecuada, condiciones físicas, atribuyéndolas, exclusivamente a causas psicológicas, lo que acaba dejando los pacientes sin poder encontrar el camino para solucionar sus verdaderas dificultades.
Es imperativo descartar estas condiciones con un médico especializado antes de atribuir la ansiedad únicamente a factores psicológicos o emocionales.
Entre estas causas podemos encontrar problemas endocrinos u hormonales como Hipertiroidismo. El exceso de hormonas tiroideas acelera todo el metabolismo, provocando nerviosismo, taquicardia, sudoración e inquietud casi idénticos a un ataque de ansiedad.
Otros desequilibrios hormonales pueden simular la ansiedad como la menopausia o el síndrome premenstrual severo. En la menopausia, por ejemplo, la disminución de estrógenos provoca un aumento de la activación simpática y por ello de la intranquilidad.
También la ansiedad podría deberse a Hipoglucemia. Bajadas bruscas de azúcar en sangre pueden causar temblor, confusión, sudor frío e inquietud intensa.
Las alteraciones electrolíticas puede ser otra de las causas de que el cuerpo se sienta estresado. Niveles bajos de electrolitos como potasio, magnesio, sodio y calcio, alteran la estabilidad de las membranas celulares y la conducción eléctrica del corazón, lo que puede provocar taquicardia o arritmias que pueden confundirse con problemas de ansiedad.
Muy relacionada con la anterior, la deshidratación, puede provocar síntomas muy similares.
También pueden ser consecuencia de problemas del sueño, como la apnea obstructiva crónica, el insomnio o sueño fragmentado, parasomnias, como los terrores nocturnos o el sonambulismo, el síndrome de las piernas inquietas o algunos trastornos del ritmo circadiano.
Problemas en las glándulas suprarrenales, como el Feocromocitoma, un tumor raro en la glándula suprarrenal, liberan catecolaminas (adrenalina/noradrenalina) de forma abrupta, causando episodios de ansiedad/pánico que parecen surgir de la nada.
Enfermedades autoinmunes o inflamatorias, también causan sensaciones corporales asociadas al nerviosismo por la activación excesiva de sistema nervioso simpático.
La falsa ansiedad también podría deberse a problemas cardiovasculares tales como arritmias (como taquicardias paroxísticas) o insuficiencia cardiaca.
Otros problemas como las disautonomías, alteraciones del sistema nervioso autónomo, debidas a problemas como la diabetes, Parkinson o síndrome de fatiga crónica, pueden provocar nerviosismo y síntomas asociados.
Igualmente condiciones respiratorias como el Asma, EPOC (Enfermedad Pulmonar Obstructiva Crónica),… causan sensación de ahogo y retroalimentan el circuito del estrés.
Condiciones neurológicas como la epilepsia del lóbulo temporal, tumores cerebrales y migrañas también pueden replicar sus síntomas.
El consumo de determinados fármacos puede afectar a la activación del organismo y estar en la base de estos síntomas. Puede ocurrir con descongestivos, broncodilatadores o antidepresivos.
Igual ocurre con la retirada abrupta de otros, como los betabloqueantes. Por eso mismo, es necesario que la administración de fármacos o sus retiradas sea siempre supervisada.
El consumo de sustancias estimulantes como café y te, alcohol, nicotina o bebidas energéticas o drogas (anfetaminas, cocaína) o su abstinencia (alcohol, benzodiacepinas, opiáceos,…) también afectan al sistema de activación provocando síntomas que uno puede confundir con problemas de ansiedad.
Todos los profesionales que se dediquen a la medicina, psicología y al desarrollo personal, debemos conocer en profundidad que factores pueden tener una base biológica o constituir un trastorno psicopatológico, para poder derivar a los clientes a aquellos profesionales que puedan tratar adecuadamente esos problemas como base para cualquier otro trabajo médico, psicoemocional o de desarrollo personal.
Factores psicológicos de la intranquilidad
Descritas las condiciones biológicas pueden estar detrás de la sensaciones tranquilidad, vamos a enfocarnos en que puede haber detrás, a nivel psicológico, de estas experiencias emocionales.
Para ello vamos a imaginar la intranquilidad no patológica como un sistema de alarma sofisticado que vamos programando a lo largo de toda nuestra vida. La alarma en sí, que provoca la respuesta de lucha o huída, es biológica, pero el código fuente de su programación, las condiciones bajo las cuales se activa, la intensidad de su sonido y tu incapacidad para apagarla, tienen que ver con algo mucho más complejo: nuestra forma de habitar el mundo.
1. Concepto de sí mismo y del mundo
Desde pequeños, comenzamos a construir dos mapas fundamentales, a menudo de manera inconsciente:
- El concepto de uno mismo: ¿Soy capaz? ¿Soy digno de amor y seguridad? ¿Mis necesidades y emociones son válidas, o son una carga?
- El concepto del mundo: ¿Es el mundo un lugar seguro o amenazante? ¿Los demás son confiables o me van a fallar? ¿Tengo algún control sobre lo que me sucede, o estoy a merced del azar?
Estos mapas se forjan en nuestras primeras experiencias biográficas.
Un niño cuyas figuras de apego son impredecibles, abusivas o negligentes puede aprender que el mundo es inseguro y que debe estar hipervigilante para sobrevivir.
Un niño cuyos logros son la única moneda de valor puede aprender que su valía es condicional y que un error equivale a una catástrofe existencial.
Estos aprendizajes no son “patologías», son estrategias de adaptación que ayudaron a la persona sobrevivir y a llegar al momento actual. Fueron la mejor opción para reaccionar a lo que ocurría, aunque ahora sean innecesarias y pasen una dolorosa factura.
2. Patrones de funcionamiento
Con los mapas anteriores como base, desarrollamos maneras de funcionar que, con el tiempo, se vuelven automáticas y alimentan la intranquilidad:
- La profecía autocumplida del peligro: Si nuestro mapa mental dice «el mundo es peligroso», nuestra atención se sesgará hacia cualquier señal de amenaza: un gesto, un tono de voz, una noticia,… Mientras tanto, ignoraremos las señales de seguridad, lo que constantemente confirmará nuestra creencia y mantendrá la alarma funcionando.
- La indefensión aprendida: Si en experiencias pasadas, especialmente en la infancia o adolescencia, nuestras acciones no lograron cambiar un resultado doloroso, podemos generalizar la creencia de que «haga lo que haga, nada servirá». Esto produce una intranquilidad que nos paralizará. No es pereza, lo llamamos desenergetización. Por un lado se trata de un aprendizaje, instalado en la base de nuestro funcionamiento, de completa ineficacia, por otro de un sistema de defensa de bloqueo que la naturaleza programó en nosotros para protegernos del peligro.
- La fragilidad del yo: Si nuestro autoconcepto es frágil (pienso que «soy un impostor», «si me rechazan, me rompo”,…), cualquier evento social, laboral o personal se convierte en un campo lleno de minas. Nuestro sistema de defensa, de lucha o huida, se verá en exceso activado y sentiremos una profunda intranquilidad.
- Capacidades de afrontamiento limitadas: Muchas veces, no es que la ansiedad sea demasiado grande, sino que nuestro kit de herramientas para manejar el malestar, la incertidumbre o el conflicto es limitado. Quizás nunca aprendimos a regular emociones intensas, a poner límites, a tolerar la ambigüedad o a pedir ayuda de forma asertiva. Ante un desafío, solo disponemos del botón del «pánico».

La trampa del «solo es biología»
Decir que es «solo un tema de biología» es como decir que la pobreza es «solo un tema de contabilidad”. Es técnicamente cierto en parte, pero solo refleja una parte. Borra por completo la historia, las estructuras y las experiencias que la causaron.
Medicalizar en exceso la inquietud corre el riesgo de despojarla de su significado, de su mensaje. La intranquilidad crónica suele ser un síntoma de un sistema más amplio que no está funcionando: una vida que no está alineada con nuestros valores, relaciones que nos vacían, un diálogo interno que nos tortura o una desconexión de nuestras propias necesidades.
Abordar el código fuente
Afortunadamente esos mapas y patrones que se aprendieron, también se pueden re-aprender y actualizar. Esta es la base del trabajo psicológico profundo que trata del equilibrio emocional y el desarrollo personal.
- Hacer consciente lo inconsciente: El primer paso es el trabajo psicológico necesario para comenzar a identificar esos mapas y patrones automáticos. «Ah, cada vez que mi jefe me hace un comentario neutro, mi alarma se dispara porque mi mapa dice ‘las figuras de autoridad son críticas e impredecibles’, como lo fue mi padre». No es buscar culpables, es trazar el origen del software.
- Desafiar la evidencia: Terapias como la Gestalt y los enfoques que nos ayudan al reprocesamiento a través de la estimulación bilateral y el campo visual, nos ayudan a cuestionar creencias nucleares en el desarrollo de un lugar seguro. ¿Es el mundo siempre peligroso? ¿Realmente nunca tengo control? ¿Un error me convierte en un fracasado total? Se trata de recoger evidencia nueva que amplíe nuestros mapas.
- Desaprender la indefensión: El espacio de trabajo psicológico es, en sí mismo, un laboratorio para experimentar con la capacidad de respuesta. Al poner en palabras lo innombrable, al tomar decisiones dentro del proceso,… el cliente recupera, de manera gradual, la sensación de que sus acciones pueden tener un impacto en su estado emocional y en la realidad de su vida.
- Desarrollar un yo más compasivo y sólido: A través de la relación psicoterapéutica (un vínculo seguro, consistente y no juzgador) se va internalizando una nueva voz. Una voz que valida, que contiene, que cuestiona con amabilidad. Esto fortalece el autoconcepto desde sus cimientos.
- Ampliar el kit de herramientas: Se entrenan habilidades concretas de regulación emocional y conciencia corporal para salir del estancamiento, de los bucles de pensamiento catastrófico, para sostener la intolerancia a la angustia,.. Se resuelve el conflicto interno conectando con la sabiduría interior. Se trabaja la comunicación asertiva. No pretendemos que las emociones desaparezcan, si no poder recoger su mensaje y ayudar a nuestra mente y nuestro cuerpo a encontrar las salidas sanas.
En conclusión, entender la intranquilidad desde este ángulo es devolverle la dignidad a la experiencia. Es dejar de preguntarte «¿Qué pastilla me tomo para pagar esta alarma?» a preguntarte “¿Qué me está queriendo decir esto que siento? ¿Qué dolor antiguo estoy rechazando y no puedo solucionar? ¿Qué partes de mi vida o de mi forma de verme necesitan ser revisadas y sanadas?».
La biología proporciona el telón de fondo, pero la obra la escribimos nosotros con nuestras experiencias, aprendizajes y relaciones.
Siempre estamos a tiempo de aprender un nuevo lenguaje, de reescribir los guiones y de, poco a poco, bajar el volumen de la alarma. Con nuestro trabajo personal empezamos a entender nuestro propio código y aprendemos a habitar nuestra mente, nuestras emociones y nuestro cuerpo para sentirnos conectados y a salvo.
Este proceso de re-aprendizaje y reconstrucción es, precisamente, el trabajo que llevamos a cabo en el espacio seguro y confidencial de nuestras sesiones. Un espacio donde no se trata de silenciar la alarma, sino de entender sus mensaje y, desde ahí, encontrar las herramientas para construir una forma de vivir más acorde con tus verdaderos valores que ayude al buen equilibrio emocional y potencie el desarrollo personal.
Si quieres que te acompañe o ayude a hacer fácil tu viaje de gestión del estres y desarrollo personal con sesiones individuales o a través de los cursos creados con diferentes objetivos no dudes en contactarme e informarte.
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